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PALACIO DE LOS MENCOS

Rincón de Mencos 1

31300 Tafalla (Navarra)

info@palaciodelosmencos.es

Diseño: Intermedio Comunicación
Fotografía: Eduardo Sanz

Hace 200 años quedó Tafalla libre del dominio francés

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Al cumplirse en estas fechas el bicentenario de la liberación de la ciudad de Tafalla, es oportuno analizar tal hecho dentro del contexto de la situación del Viejo Reyno bajo control del ejército napoleónico desde el año 1808. Se extiende la tristeza y el pesimismo de unos habitantes, que no veían el momento de librarse de este pesado yugo y que estaban esquilmados por las severas exacciones económicas, en dinero y en especie, con destino al sostenimiento de las tropas francesas. Y crece, así mismo, la comprensible reacción de muchos jóvenes navarros que se alistaron en la guerrilla para combatir al invasor y ocupante, que está llena de episodios heroicos y de crueles represalias.

Las ciudades de Olite y Tafalla eran claves estratégicas para, por una parte, asegurar el paso de tropas y convoyes por el eje norte/sur, es decir, desde Pamplona a Tudela, y por otra, controlar el centro de Navarra con sendas guarniciones acantonadas en ambas ciudades. Esto facilitaba las importantes requisas por parte de los franceses, especialmente de cereal y vino, que desde la zona media eran enviadas a la capital para alimentar tanto a un ejército asentado en Navarra, y no inferior a 15.000 soldados, como a las tropas que, iban y venían desde Francia hacia el centro de la península, lo cual hacía que en algunos momentos el mando francés, designado para gobernar desde Pamplona a este territorio, tuviese la necesidad de proporcionar forraje para la caballería y acémilas y el rancho diario para un contingente que podía llegar a los 30.000 hombres.

Tras la detención, en Labiano, del célebre Javier Mina, caudillo indiscutible de lo que se denominó “el Corso terrestre” y la reorganización de las diversas partidas de guerrilleros bajo un mando único que recayó en el pariente de Javier, Francisco Espoz y Mina, que resultó no menos audaz y mejor estratega, el ejército francés siente que cambia su situación. Pasa de ser una fuerza dominante en toda Navarra a un conjunto de destacamentos, a la defensiva, situados en las principales localidades, pero en medio de un amplio terreno hostil en el que van imponiéndose los guerrilleros navarros que cuentan, como es lógico, con el apoyo de los vecinos de los pueblos y con la ventaja de conocer su propio terreno.

Así llegamos a 1812, en cuyo año empieza a declinar el poder francés y renace el optimismo en nuestras tierras al ver que el dominio imperial puede ser eliminado y el fin de la ocupación está más cerca.
El rey José ha tenido que abandonar Madrid, recuperado el 12 de agosto por las tropas, anglo-hispano-portuguesas al mando de Wellington, tras la severa derrota que éste le infligió al francés general Marmont en los Arapiles el 22 de julio y el posterior avance de estas tropas aliadas que consiguen el control de una buena parte del sur y centro de España. A esta noticia se suma a las que, a final del otoño, llegan de la desastrosa campaña del emperador en Rusia, que suponen un desgaste irreparable para la moral de la tropa y que en dos meses ocasiona más de 300.000 bajas que obliga a Napoleón a dar la orden de retirar de España 200.000 soldados para reforzar el frente en el centro de Europa.

El abandono, en consecuencia, de importantes territorios por las tropas imperiales animan más a los voluntarios navarros que para comienzos de 1813 suman aproximadamente unos 3.000 cada vez mejor equipados y adiestrados.
La lucha de estos hombres, que posteriormente se denominarían la División Navarra, continuó dando repetidos golpes de mano con un número pequeño de efectivos que, aprovechando el factor sorpresa, se movían por la provincia asaltando los convoyes que, con munición o alimentos, iban de una guarnición francesa a otra. Un enfrentamiento a la manera tradicional con numerosas tropas había sido descartado por Espoz y Mina tras la amarga experiencia de la acción en Belorado (Burgos) en la que quedaron muy maltrechos los batallones navarros allí reunidos ante unas fuerzas veteranas mejor adiestradas y que no tenían los problemas de munición que tanto preocupaban a los jefes navarros y que obligaron muchas veces a asaltar destacamentos franceses principalmente para robarles armas y munición.

El 16 de diciembre de 1812, el nuevo gobernador de Navarra, el general Abbé, logró que sus fuerzas vengaran en el Carrascal la reciente derrota que en octubre habían sufrido en Barasoain, y esta vez los franceses lograron pasar el convoy que de Pamplona iba a Tafalla a por grano, conteniendo el asalto navarro, al mando del teniente coronel Gorriz, uno de los hombres que, junto a Cruchaga, formaban el cuadro de jefes de la guerrilla.
Pero no iban a tener muchas más victorias. Cada vez era más arriesgado el transitar por Navarra y, si lo hacían, era con una gran escolta. Valga como ejemplo que en varias ocasiones en que la guarnición de Pamplona necesitó leña tuvieron que emplear unos 3.000 hombres para proteger el transporte.

Los fusilamientos, ordenados por Reille y Abbé, de jóvenes guerrilleros hechos prisioneros y, lo que puede parecer más ignominioso, de familiares de jóvenes que se suponían en la guerrilla, clamaron venganza en Pamplona y muchas poblaciones, lo cual decidió a Espoz a tomar la iniciativa y pasar a la ofensiva, instalando su cuartel general en Estella a principios de 1813. Tras una rápida marcha con parte de sus hombres al puerto de Deva, donde los ingleses lograron hacerle entrega de uniformes y armamento, regresó a Navarra y decidió la toma de Olite y Tafalla, con lo que cortaba las comunicaciones y le haría dominar el corazón de Navarra.

La guarnición francesa en Tafalla se componía en ese momento de unos 400 hombres, acuartelados en el viejo convento de San Francisco, a la salida a sur de la ciudad. Además, contaba con el convento de las Recoletas, que era utilizado como almacenes de intendencia, y la contigua casa de los Mencos, que se venía usando como residencia de jefes y oficiales y oficinas del mando militar en la zona, desde que el mariscal Moncey instaló en ella su cuartel general el 1808.

El asedio de las tropas de Espoz comenzó el 6 de febrero, habiendo frenado en el Carrascal, esta vez con éxito, al destacamento que Abbé enviaba a reforzar Tafalla. Viendo el comandante francés que no iba a ser socorrido y sufriendo el acuertelamiento un duro cañoneo, con dos piezas que provenían del material obtenido en Deva, decidió el día 9 pactar la rendición, entrando las fuerzas navarras el 10 de febrero y quedando así la ciudad libre de los franceses.

Las órdenes de demolición dadas por Espoz y Mina pueden ser, desde nuestro punto de vista y sensibilidad artística, muy censuradas, pero hay que justificar que, como estrategia de guerra, eran oportunas. Así fue destruido el convento de San Francisco y se prendió fuego a nuestra casa, que ardió en toda su parte central. De igual forma sufrirá el palacio de Olite las órdenes de no dejar edificio en condiciones de que pudiera ser aprovechado por el enemigo en el caso de que recuperaran ambas ciudades.

Hoy los franceses visitan Olite y Tafalla y la tragedia de aquella guerra tan sangrienta es solo un recuerdo, pero un recuerdo que no queremos olvidar por las muchas, demasiadas vidas que se perdieron por ambos bandos contendientes y que son un capítulo lleno de dolor y de gestos heroicos que forman parte de nuestra historia.

Joaquín Ignacio Mencos
Marqués de la Real Defensa